El principio de no devolución

Una doble valla de seis metros de alto separa en la imaginación de miles de migrantes una vida de carencias en sus países por una mejor en Europa. La valla de Melilla, enclave español en Marruecos, es una de las grandes fronteras del mundo desarrollado y también una de las más polémicas. Entre otras muchas cosas, por las devoluciones en caliente que en ella protagoniza el Gobierno español. Las devoluciones en caliente son la expulsión inmediata de los migrantes en el momento en que intentan cruzar y sin aplicarles las protecciones de la legislación de extranjería, ya que según esta, los migrantes deben pasar a disposición de la policía y tener derecho a la asistencia de un letrado. Dicha ley también especifica que las autoridades deben identificar a los migrantes y darles la oportunidad de recurrir la resolución de expulsión.

Pero más allá de los argumentos legales, la realidad es que la alambrada de cuchillas que corona la doble valla y la vigilancia policial ininterrumpida de las fuerzas marroquíes y la guardia civil española no consiguen ahuyentar a los subsaharianos, porque no hay valla suficientemente alta para frenar a personas que huyen de la muerte, el hambre y el horror. Porque no hay valla que impida que un ser humano, sencillamente, quiera, SEGUIR CON VIDA.

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